miércoles, 1 de agosto de 2012

La siguiente es... Juana Nieto




Piensa que los naufragios son sinónimo de supervivencia, por mucha miseria que puedan ocasionarle. Al infierno se baja solo, ha escuchado en labios de otros tiempos. La soledad impuesta, esa que penetra anudando el estómago, parece haber apagado su volcán. Esa soledad que irrumpe en cada una de las vidas de todo el mundo en alguna ocasión y casi siempre sin reservar antes. Esta mañana ha llegado. Y cuando eso ocurre, te atrapa fuerte con sus dedos de plomo y te arrastra hasta el fondo. Solo con ella, “al infierno se baja solo…”.
En una orilla cualquiera descansa ahora tu cuerpo sin aire. Harta de tus rencarnaciones, de tu mala suerte, de tu buena muerte. Ya has gastado seis vidas. Temes que esta playa se convierta en tu ataúd de arena. Tu pelo despeinado por la marea te cubre los ojos llenos de sal y memoria. Ya cesó el vaivén de la quilla que te atraviesa. El crepitar de la madera de tu cubierta, las armas en alto, el trabajo duro. Se queda muda la palabra y el llanto se abre paso entre las velas como una lluvia de verano: violenta, sabia, muy caliente.
Siendo consciente de tu respiración, decides quedarte tumbada. El agua de espuma te acaricia los pies. Decides que vas a cerrar los ojos. Piensas en el final del camino. ¿Tendrá norte esta isla? Te sientes orgullosa de soportar el silencio, roto únicamente por el rumor de las olas. Para distraerte juegas con tus dedos a hacer hoyos que reciben cimientos, labras una nueva tierra, dibujas nuevas siluetas desnudas… Al caer la tarde, plantas de nuevo tu raíz, esa que “parió entre atroces sufrimientos la primera bandera republicana, mucho antes de que Mariana Pineda fuese engendrada”.
De repente, todo vuelve a suceder porque todos, también tú, tenemos un monstruo milenario. Y siempre se eleva sobre sus propias cenizas.

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