domingo, 13 de diciembre de 2009

Alicia en la ciudad que no duerme



Alicia se desperezó al cruzar la primera gran avenida atestada de vehículos que rodaban a todas direcciones y a toda velocidad. Después pudo ver mucha gente en una gran manada, ya en pleno centro: miradas perdidas, atentas al reloj y corriendo a toda prisa para llegar a ninguna parte, llenas de alegría de risas en grupo, o solitarias entre tantos ojos ajenos; miradas con bolsas de la compra, o bolsos de Emilio Tucci; miradas con enormes auriculares en las orejas escuchando alguna música mientras caminaban, y que de repente se convertían en orejeras que protegían del frío creciente a medida que la noche iba cayendo, de camino al hotel de la emoción.
Después, Alicia jugaba con los altos edificios que la empequeñecían a ella; se dejaba hipnotizar por todas aquellas luces de colores mezcladas extrañamente con el sonido de sirenas de fondo, que se hacía más y menos intenso a cada paso que daba. Alicia también acariciaba esos arbustos blancos y hermosos que decoraban la entrada a un hotel inalcanzable, y mientras, recordaba la visita que había hecho a un lugar lleno de animales de todas las clases, ataviados con hermosos trajes de importantes diseñadores de escena franceses.
Respiró el aire fresco de la mañana de camino al lugar donde debía volver a soñar, y una vez dentro, pudo sentir el aroma penetrante de aquel sitio, solemne como el salón del trono de la reina obsesionada con cortar cabezas, pero por el que se paseaba con toda naturalidad, escaleras arriba y abajo con todo su mundo a cuestas.
Alicia tenía muchas madres, no era como las niñas normales. Cada una de ellas sonreía con una ilusión de otro planeta a cada saltito que ella daba, y lloraba de emoción incontenida a cada aplauso que arrancó de toda esa gente desconocida, pero embrujada con su país de maravillas indescifrables, donde los insectos hablan y el tiempo se detiene como protesta ante los que intentan matarle; donde las canciones se cantan desafinando, los amigos del pasado y del presente comen pizza, las cosas cambian de tamaño a su antojo, los amores y desamores se entremezclan en una misma copa de ron, y los naipes no se la juegan nunca a una sola carta.

3 comentarios:

Laurita* dijo...

Precioso Chesku... has conseguido que se me caigan las lágrimas.. q pesaban más de lo normal...
Muchísimas gracias por todo, por estar siempre ahí, por esos abrazos... Esa alegría contagiable...
Un besazo enorme.

Laurita* dijo...

Ya hace unos 9 meses de esto... y cuando lo leo vuelve esa sensación en el estómago y la garganta... Me hace volver a vivir aquellos momentos dentro de mi...
No hay más palabras.

Chesku dijo...

Y a mí me ha emocionado que lo vuelvas a comentar aquí. La verdad es que personalmente, viví unos días muy hermosos allí. Sois muy especiales, tanto Eva como muchos de vosotros, tú entre ellos claro. Te deseo toda la felicidad Laura. Te lo mereces.